lunes, 21 de septiembre de 2015

“LLONOVOY”, LA PARADA DE LOS MONSTRUOS.

Hay museos para todos los gustos. Los hay para los más intelectuales que ven en las obras de Marina Abramovich un gesto sublime (mientras los menos sólo vemos una pantomima infumable), para los militares y para los creyentes, para los más horteras que van en pleno mes de agosto al museo teatro de Dalí en Figueras para sumergirse en lo más profundo del surrealismo, Los hay también que se han especializado en el arte popular o en el diseño (aquí en Barcelona acabamos de inaugurar uno al que se le denomina “la grapadora”); en fin que hay museos de todo tipo: de la indumentaria, del juguete, del ferrocarril, del erotismo … seguro que en cada ciudad encontraremos uno curioso, exótico, excéntrico, ya que hay mucho turista suelto y todo objeto necesita un orden y un lugar.


Miquel Àngel Joan “Llonovoy” también tiene un museo “EL EXTRAÑO MUSEO LLONOVOY”. En este extraño museo exhibe sus trabajos con pequeños juguetes alterados, con pequeños juguetes rotos que ensambla para ofrecernos, de esta forma, su visión personal sobre el mundo. Miquel Àngel nos muestra su extrañeza ante el sinsentido que nos rodea y ante nuestro propio comportamiento que en muchas ocasiones se acerca a la estupidez. Sus creaciones son como pequeños monstruos de Frankestein, algunos de los cuales realizan pequeños actos absurdos o giran sobre sí mismos en busca, ciertamente, de un Godot de plástico; otros actúan en pequeñas escenas grabadas en vídeo mostrándonos que la acción y el movimiento, (lo que algunos llaman progreso) no siempre tienen un objetivo claro y definido.


Su museo, aunque lleno de monstruos, nos reconforta porque nos reconocemos en ellos y en su desconcierto. Es un canto a lo pequeño, a lo cercano, a lo individual frente a los grandes discursos (muchos de ellos vacíos) que imperan en las instituciones artísticas y que nos bombardean sobre lo que es o no artísticamente correcto. No he podido evitar acordarme de la película de Tod Browning, Freaks, la parada de los monstruos donde, en un circo ambulante a la manera de un sui generis “teatro de la crueldad”, conviven los seres que la sociedad ha rechazado por deformes. Tanto la película como el museo “Llonovoy” son un alegato a favor de la diferencia que nos acercan con ternura a un mundo que creemos lejano pero que podemos vislumbrar, a poco que nos esforcemos, a la vuelta de la esquina.


Miquel Àngel es también actor y escritor. Hace unas semanas acudí al Heliogàbal, en la ciudad Condal, a una de las presentaciones de su libro “Maceta: Diari d’un indígena” donde interpretó a un indígena mallorquín que nos recita en sus versos el comportamiento extravagante de unos colonizadores que son incapaces de ver en las Islas Baleares nada más allà de lo que su cuenta corriente contabiliza. La extrañeza de las diferentes actitudes humanas, los comportamientos bizarros, la patafísica de verano y el sentido del humor como núcleo de la supervivencia física y moral son parte esencial del bagaje que nos ofrece. “Llonovoy” practica una poesía de resistencia, una resistencia pasiva un tanto Bartlebytiana, que juega con el sentido del absurdo, con los sonidos y significados de las palabras que, como su museo, nos muestra lo extraños que, si nos lo proponemos, podemos llegar a ser los seres humanos.

Cuarto texto de una serie de siete publicado en "Especies de espacios".